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La vocación Carmelita perfecciona en nosotros, a través de nuestra fraternidad compartida, el poder, que es también carismático, un don del Espíritu recibido en el bautismo y en la confirmación, que nos vincula de un modo especial a la Iglesia y nos lleva a estar disponibles para servir a Dios y a la humanidad, “ a implantar y fortalecer el Reino de Cristo en las almas y extenderlo a todos los rincones de la tierra.”

(Constituciones Carmelitas)

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