Ronald Rolheiser, experto en el asunto, define la espiritualidad en términos generales como la forma en que cada persona maneja la energía (el fuego erótico, la chispa candente, el deseo ardiente, el anhelo inquietante) que emana de su corazón (o alma). Todos tenemos una espiritualidad. La diferencia se encuentra en la manera en que uno maneja su energía. Teresa de Calcuta, por ejemplo, fue una mujer bien conectada con la fuente de su energía y la manejó con mucha alegría y entusiasmo en forma continua y equilibrada durante toda su vida. Alimentó su alma en forma sana, mediante una vida de oración personal y lectura espiritual, y su larga vida fue súper productiva a favor de la gente más necesitada de nuestro planeta. Nosotros, en cambio, no siempre estamos bien conectados con la fuente de nuestra energía en el alma. Hay veces cuando andamos medio apagados o deprimidos, sin mucha chispa ni entusiasmo por la vida, sin una vida constante de oración personal, mediocres y flojos en el trabajo ministerial, y poco productivos. Nuestra espiritualidad no es mala, ni mucho menos, sino no alcanza su potencial en la vida. Peor todavía son aquellos que no manejan bien su energía.

Llevan una vida desordenada, trasnochando, abusando de drogas, viviendo en forma inmoral, totalmente ensimismados. Este tipo de espiritualidad tarde o temprano conduce a una vida truncada en forma prematura. Muchos artistas viven así. Más allá de la espiritualidad concebida en términos generales hay otras espiritualidades particulares, como, por ejemplo, la espiritualidad Cristiana, que a su vez se divide en distintas espiritualidades (como la Franciscana, la Dominica, la Carmelita, etc.

La espiritualidad Cristiana consiste en la forma en que uno maneja su energía según la luz de las enseñanzas de Cristo en el evangelio, mediante la lectio divina del evangelio de cada día.

Si todo va bien, con el tiempo, llegamos a ser, no nosotros, sino Cristo que vive en nosotros (San Pablo). Luego cada Orden o Congregación escoge una faceta de la vida de Cristo para practicar de una forma especial y para difundir en el mundo. Todos practicamos todas las facetas de la vida de Cristo, pero hacemos énfasis en una sola faceta. Los Franciscanos practican la pobreza de Cristo, los Dominicos la enseñanza de Cristo, mediante la prédica, los Carmelitas practican la oración personal Contemplativa de Cristo, llegando a ser expertos en la oración para la gente que desea aprender a orar. Los Dominicos entregan a la gente las cosas que ellos han contemplado; los Carmelitas, en cambio, enseñan a la gente a rezar, que es otra cosa. Como consecuencia de nuestra capacidad de orar y experimentar en carne viva el amor incondicional y totalmente gratuito de Dios, podemos conducir a la gente también por un camino pequeño pero seguro que les permite experimentar el mismo amor.

Santa Teresita del Niño Jesús nos enseña que el camino que conduce a Dios no es un camino difícil de penitencia ascética, tampoco un cerro para subir, tampoco un mar para atravesar, sino una pequeña mirada dirigida al más profundo del corazón de uno: allí se encuentra Dios y su amor sin más. Dios está presente allí siempre. Somos nosotros que no lo buscamos donde está mediante la oración personal. San Juan de la Cruz y Teresa de Ávila y Magdalena de Pazzi, e Isabel de la Trinidad (Teólogos, Doctores, místicos todos) han descubierto para la Iglesia todos los secretos de una espiritualidad y vida de oración auténtica, y para todos los tiempos. Tito Brandsma y Edith Stein, mártires y profetas de nuestros tiempos, han comprobado la autenticidad de nuestra espiritualidad Carmelita sin lugar a dudas: el amor incondicional y totalmente gratuito de Dios reciprocado en la entrega de sus vidas. No hay otra cosa.

 

Autor:

P. Gregorio Geaney O.Carm