Tras las Huellas del Profeta Elías*

Algunos peregrinos que iban de occidente a Tierra Santa eligieron el Carmelo para situar su experiencia eremítica y fraterna. Se establecieron cerca de la fuente llamada de Elías, conectando con una larga tradición de presencia eremítico – monástica.

En ese lugar permanece viva aún la memoria del profeta lleno de celo por el Señor, cuya palabra arde como una antorcha; el profeta que está en la presencia de Dios, siempre dispuesto a servirlo y a cumplir su Palabra; el profeta que señala al pueblo el verdadero Señor para que no cojee de los dos pies; el profeta que incita a los suyos a decidirse a orientar su existencia sólo hacia el Señor; el profeta atento a la voz de Dios y al grito de los pobres, que sabe defender los derechos de Único y de sus predilectos, los últimos.

Los carmelitas recuerdan y en cierto modo reviven la experiencia del profeta: el ocultamiento en el desierto durante la sequía y el reto con los falsos profetas de un ídolo muerto, incapaz de dar vida; lo siguen en el largo viaje de vuelta al desierto, tras las huellas de los Padres hasta el monte Horeb, donde halla al Señor de un modo nuevo e inesperado y comprende que está presente incluso allí donde parece estar ausente; comparten su sed de justicia; sienten en cierto modo que son, como Eliseo, herederos del Manto que cayó del cielo, entre las llamas del carro de fuego.

Junto a la fuente de Elías*

Allí, “junto a la fuente”, los eremitas del Carmelo dieron los primeros pasos del largo camino que llega hasta nosotros por los senderos que indica el “mapa” de la Regla de S. Alberto. Elías se convirtió así, para ellos y los hermanos que les sucedieron, en la primera persona que había encarnado el ideal de la vida que los había impelido a dejar su casa. Se sintieron en cierto sentido hijos suyos, herederos de una riqueza espiritual, que, por diferentes caminos, había llegado hasta ellos.

Por eso recopilaron las narraciones judías y cristianas sobre Elías; las releyeron a su manera y las acogieron saboreando su gusto vital. Elías, que ya en la tradición monástica era considerado el primer monje y el modelo de los contemplativos, se convirtió así poco a poco para los carmelitas en el prototipo de los místicos y el profeta dedicado a cantar y enseñar las alabanzas de Dios a su comunidad de seguidores; el defensor de los derechos de Dios y el campeón de la defensa de los últimos. Los carmelitas de entonces, como los de hoy, tienen a Elías como “Padre” suyo, no en sentido histórico o material, sino por los valores que su figura expresa.

*Ratio Institutionis Vitae Carmelitanae (RIVC 55 y 56)