¿Cómo y qué comunicamos en Carmelitas?

El objetivo último de la educación en Carmelitas es que nuestros estudiantes se sientan animados “a vivir en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia”, como nos enseña el capítulo # 2 de la regla Carmelita. A partir de estas líneas se define que nuestra tarea, como educadores carmelitas, es formar una buena conciencia en nuestros estudiantes. Por lo tanto esta actitud nos reta a todos, para cultivar nuestra propia conciencia en coherencia con lo que promovemos.

Como hice mención a nuestros profesores al término del año pasado: “no podemos educar en valores si no tenemos actitudes positivas que se reflejen en hábitos y estos a su vez se tornen en virtudes. Deseamos, finalmente, que nuestras propias actitudes convertidas en los valores que buscamos,  se manifiesten en  nuestros estudiantes; sabiendo que después, estas virtudes, darán sustento y sentido a nuestras decisiones a lo largo de la vida”.

Como sabemos este caminar no es fácil, cuando se trata de promover valores como la oración, la fraternidad y el servicio. Sin embargo, tenemos que seguir insistiendo en la invitación de poner  nuestra atención en la regla carmelita, en esta oportunidad en el capítulo 21:

“El Apóstol recomienda el silencio cuando ordena trabajar callando; de la misma manera el profeta afirma: el silencio favorece la justicia; y más todavía: en el sosiego y la esperanza está vuestra fuerza. Por eso establecemos que, recitadas las oraciones de la noche guardéis silencio hasta dicha la primera oración del día siguiente. Fuera de este tiempo, aunque no esté prescrita una tan rigurosa guarda del silencio, evítese con cuidado el mucho hablar; porque, como está escrito y la experiencia sobradamente enseña, en el mucho hablar no faltará pecado; y quien no se controla en el hablar encuentra su ruina. Igualmente, el que es desmedido en el hablar se daña a sí mismo. Y el Señor en el Evangelio: de toda palabra superflua que hablaren los hombres darán cuenta en el día del juicio: Cada uno de vosotros, pues, sopese sus palabras, y refrene rectamente su boca, para no resbalar y caer a causa de la lengua y su caída sea incurable y mortal. Vigile su conducta, para no pecar con sus palabras, como dice el profeta; y cuide atenta y prudentemente de mantener aquel silencio que favorezca la justicia”.

Una primera reflexión al respecto sería  que esta regla se torne para nosotros en una invocación, para evitar que el entusiasmo y la locuacidad de muchos de nosotros, pueda hacernos insensibles a la escucha del prójimo; más aún cuando se trata de un maestro que intenta servirnos dirigiendo su clase; o que nuestra algarabía no nos haga sensible al hecho que nuestro estudiante, amigo, colega y hermano hoy no llegó igual, y está triste por alguna razón; o si por un exceso de confianza decimos o escribimos cosas inadecuadas de ellos, a través medios virtuales, sin medir las consecuencias.

Creo que es importante que seamos conscientes del daño que nos podemos hacer unos a otros, cuando nuestro hablar es desmesurado, tanto a nivel personal como por medio de las redes sociales. Cuando éste no se asocia a los valores del silencio y la justicia,  terminamos faltando el respeto que debemos a la dignidad de nuestro prójimo. Respeto que deberíamos de sostener no solo como un deber cristiano, sino también como un principio a nivel institucional (Principio institucional # 4).

Un Carmelita siempre va a confiar en la fuerza de nuestro compromiso vocacional. En las posibilidades positivas  que se establecen en las relaciones interpersonales, tanto en condiciones reales como virtuales, para comunicarnos bien y mejor; con el único objetivo de dar mensajes de vida en abundancia, como lo hizo Jesucristo, la palabra de Dios encarnada. Él,  haciéndose hombre, muere por hacerse Evangelio, que en griego significa Buena Noticia. La palabra precisa, justa y necesaria para la salvación de la humanidad. Y lo más importante es que ésta Palabra Buena y positiva se mantiene fiel hasta el final, como Palabra salvífica que da vida; supera a la muerte y  Resucita. Es palabra que nos revitaliza permanentemente en cualquier circunstancia y nos proyecta hacia la vida eterna.

Por eso, es importante como miembros del colegio, que vive una espiritualidad propia a luz de la fe, que cada mañana en silencio escuchemos la palabra de Dios, para que en el transcurso del día solo se mencione lo que es justo, necesario y oportuno. Es decir, que nuestras palabras construyan y evangelicen, incluso más allá de las fronteras de nuestro colegio;  evangelizar nuestras familias, nuestros centros laborales, y todo ámbito donde nos desenvolvamos.

Este es el sentido que nuestro actual papa Francisco quiere darle hoy a la misión de la iglesia. En uno de sus discursos, antes de ser elegido, mencionaba  que el papa que la iglesia necesita “debe ser un hombre que desde la contemplación de Jesucristo y desde la adoración de Jesucristo, ayude a la iglesia a salir de sí hacia las periferias existenciales; que le ayude  a ser la madre fecunda que vive de la dulce y confortadora alegría de evangelizar”.

Estamos invitados todos los que nos preciamos de ser carmelitas a vivir permanentemente nuestra misión de evangelizar con entusiasmo, alegría, sin timidez y con seguridad. Siguiendo a aquel, nuestro Señor Jesucristo, que sabe cuando sostener un silencio orante y cuando elevar su voz; comunicando siempre un mensaje de amor, vida, justicia y paz para todas las gentes. Traduce estas virtudes en actitudes  y acciones concretas que transforman nuestro mundo, y la sociedad actual, en el reino de Dios.

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Hno. Rodolfo Aznaran, O. Carm.
Presidente del Colegio Carmelitas